El dolor se define como una experiencia sensorial y emocional desagradable que se asocia a un daño en los tejidos, que puede ser real o potencial y que es descrito en términos de su magnitud.
En condiciones fisiológicas, el dolor es un sistema de alarma temprano que se activa ante situaciones que podrían causar daño a la integridad física del individuo. 

Así pues, el dolor desempeña un papel protector que es indispensable para la supervivencia del ser humano en su entorno.
La respuesta fisiológica puede ser adaptativa, pues promueve la reparación del tejido dañado al inducir en la persona conductas protectoras sobre el área afectada.
Sin embargo, si el tejido ha sido reparado y persiste la hipersensibilidad, la respuesta se vuelve mal adaptativa, por lo que el dolor se convierte en una patología que afecta la calidad de vida de las personas que lo padecen.
Por ello, la forma en la que los seres humanos atendemos nuestro dolor ha desarrollado toda una industria que constantemente presenta avances y descubrimientos obtenidos de la naturaleza para encontrar una solución rápida y eficaz a nuestras dolencias. 

Sin embargo, el antecedente de todos estos conocimientos sistematizados provienen de los usos y costumbres de nuestros antepasados que empleaban las plantas medicinales y sus efectos curativos en malestares, lesiones y heridas físicas. De estos saberes heredados, sabemos que la sábila es un excelente bálsamo para las quemaduras, o que el té de hierbabuena es el favorito para los malestares estomacales, pero es muy poco conocido el uso de las plantas para atender las dolencias emocionales. 

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En la última década, la “somatización” de las emociones ha sido objeto de diversos estudios psicológicos y psiquiátricos que permiten entender los trastornos de esta índole como un conjunto de patologías cuyo diagnóstico se realiza por la presencia de síntomas corporales que sugieren un trastorno físico sin causa orgánica demostrable o mecanismo fisiológico conocido que los explique completamente y por la presunción razonable de que dichos síntomas están asociados a factores psicológicos o estrés. 

En palabras más sencillas, cuando somatizamos nuestras emociones la dolencia ya no sólo es intangible, sino que se materializa en nuestro cuerpo, provocando un desequilibrio e inestabilidad en todo nuestro ser. 

Por eso el manual de Yadira López, “Hierbas contra la tristeza”, es una lectura necesaria para recuperar las propiedades curativas de las plantas en nuestro sentir emocional. Hierbas muy comunes en los hogares como la lavanda, el geranio, la bugambilia, etc., no solo son el adorno armonioso de los jardines, también son una opción viable y confiable para comenzar un camino de sanación más cercano a la naturaleza.

Puedes consultar el manual en Hierbas_contra_la_tristeza_.pdf' rel='nofollow' target='_blank'>este enlace.


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